En el campo bajo la casa perseguía a una becerra color canela. Entre los vallados, entre prado y prado corría muy por delante de mí. Finalmente, harta, se me encaró, escarbó amenazadora y corrió al fin a mi cita. Ya entre sus astas rodé por la pendiente hasta que me desenredé de su cornamenta, monté a caballo y fui atrayéndola desde la seguridad de mi montura. Tramo a tramo nos acercamos a su redil (...)
Decidí desmontar, dejar que me alcanzara esa chica de ojos verdes que caminaba unos pasos tras de mí y seguir andando juntos. Era muy guapa, pelo moreno, tez pálida y unos bonitos ojos que no dejaban de mirarme. Continuamos por la senda uno al lado del otro, cada vez más juntos, cada vez más juntos...
Segundo sueño de la noche de san Patricio, sábado, 17 de marzo.
Mi compañero y yo continuamos el asalto. El enemigo no podía resistir mucho en aquella tienda, atrincherado tras cajas apiladas del almacén. Derrochábamos munición porque nos sobraba, ¡miles de balas!, y el parapeto se empezaba a desmoronar por nuestro embate, pero "el Calvo" resistía aún. Cambié de estrategia y, empuñando mi arma corta, fui a flanquearle, ¡eureka!, un hueco entre los frascos que contenían las cajas. Apunté y cuando vi su nuca disparé varias veces. Todo fluyó rojo, viscosamente. Me acerqué, y apartando un par de cajas tiré con fuerza para sacar el cuerpo de mi enemigo. En mitad de la operación, "el Calvo" se incorporó de un salto, se apoderó de mi arma aprovechando mi sorpresa, y me encañonó mientras sacudía con fuerza la cabeza.
—¡Ja, no debiste darme por muerto tan rápido!— dijo en un acento extranjero—. Ahora yo seré quien te mate a ti.— Y relamiéndose añadió: —¡Todo gracias a la mermelada de frambuesa!—
(...)
Primer sueño de la noche de san Patricio, sábado, 17 de marzo.
Y un pez nos miró, burlándose de nosotros después de pescado. Sonrió, nos guiñó un ojo y tras extender sus insospechadamente largas aletas, echó a volar como si de un pájaro se tratara. Se alejó lentamente "aleteteando" con parsimonia entre los barcos del puerto y en seguida, sin molestarse por alejarse demasiado, hizo un rizo en el aire y en picado se sumergió en el agua. (...)
Una sombra de terror se cernía por las aguas del puerto; un tiburón gigantesco de oscura piel merodeaba por allí, esperando la oportunidad de dar una dentellada a un banco de peces y engullir cientos de ellos de una vez. Los perseguía con fiereza, hasta el final, nunca se iba con las fauces vacías.
Yo era, en este escenario submarino, aquel pez volador de vivos colores. Era una criatura solitaria, no pertenecía a ningún banco, pero no sabía si aquello me otorgaba ventaja o desventaja alguna en mi huida de la bestia. En estas tribulaciones me hallaba cuando vi un banco alargado, que serpeaba en estrechos giros hacia mi dirección. El terror que lo perseguía salió de la turbidez a la claridad. Me uní a los esquivos en sus rápidas torsiones, pero por más fuerzas que gastara, nada parecía alejarme de la fatalidad...
Supongo que había olvidado que volaba... Un siniestro final.